¡Y ahora Libia!

El ímpetu de las revueltas populares no decae. El cinismo de nuestros gobernantes tampoco.

Comunicado de Izquierda Anticapitalista

El régimen de Gadafi se hunde irremediablemente. Lo hace bombardeando a su propio pueblo, devastando las ciudades del país. He aquí otro sátrapa, instalado en el poder desde hace décadas. Otro “amigo” – más reciente, pero no menos cortejado – de las metrópolis occidentales. Uno más que, al igual que Ben Alí o Mubarak, tenía un cachorro ambicioso y sin escrúpulos dispuesto a sucederle. ¡Qué poco tiempo hace de las solemnes recepciones ofrecidas por Sarkozy o Berlusconi! ¡Y qué buenos negocios se cerraban en un país rico en petróleo y gobernado con mano de hierro! Que se lo pregunten a Repsol. O a la constructora Sacyr-Vallehermoso. O, mejor aún, a la industria británica de armamento, que sigue aún sin cuestionar sus multimillonarios contratos con el régimen libio.

La sonrisa condescendiente que esbozaban algunos medios de comunicación evocando al “dictador de opereta”, se desvanece ante el horror de la opinión pública. Pero, ¡que nadie olvide con qué apoyos ha contado Gadafi hasta llegar a este baño de sangre! Han hecho falta centenares de víctimas entre los manifestantes de Bengasi, de Tobruk, de Trípoli – ¡centenares! – para que los gobiernos europeos reclamasen educadamente “el fin de la violencia”. Ni siquiera el fin del régimen, no: “el de la violencia”. Ha sido necesario que el pueblo empezase a imponerse en las calles; que el Estado se desmoronase; que ministros, diplomáticos y militares se declarasen en rebeldía frente a las matanzas… para que la Unión europea expresara su deseo de una “transición democrática”… o para que Repsol suspendiera su producción.

A cada dictador que cae, nuestros gobiernos dicen que los que quedan son “distintos”, más benignos. Pero el ejército y la policía de Kuwait reprimen a la población trabajadora que reclama sus derechos. El ejército de Bahrein – base de la fuerza naval americana en el Golfo – dispara contra la ciudadanía que exige libertad. La dictadura yemenita pertenece a la misma “quinta” que sus hermanas recién caídas. En cuanto a Mohamed VI de Marruecos… es la niña de los ojos de Francia y España. El pueblo saharaui ya sabe qué poco pesa su libertad cuando la UE negocia un acuerdo pesquero con Rabat. Tomad nota de las palabras de Zapatero o de Trinidad Jiménez acreditando el talante “modernizador” de la monarquía… ahora que “sólo” ha habido un puñado de víctimas en la represión contra las manifestaciones juveniles. Cuando murió Hassan II, su fortuna personal, depositada en los bancos franceses, casi triplicaba el montante de la deuda exterior marroquí. Esa estirpe privilegiada no se plegará tampoco con facilidad a los anhelos de democracia y justicia social de su pueblo.

Pero su turno llegará. La oleada revolucionaria que sacude el mundo árabe sigue en ascenso. Estados Unidos y las potencias europeas ven como se tambalean todos los dispositivos que aseguraban su control sobre el Norte de África y Oriente Medio. Los acontecimientos se suceden a tal velocidad que las cancillerías ni siquiera tienen tiempo de reajustar sus agendas. He aquí que, precisamente estos días, el “premier” británico David Cameron encabeza la gira por la región de una nutrida delegación de fabricantes de armas, ansiosos por firmar nuevos contratos. Y mientras desde Bruselas se vierten lágrimas de cocodrilo por las víctimas de Gadafi, la OTAN se ve obligada a admitir una enésima matanza de civiles en Afganistán.

Y he aquí que, justamente hoy, llega a Madrid Simon Peres, presidente de Israel. Otro destacado miembro de la Internacional Socialista, como lo fueron hasta hace unas semanas Ben Alí y Mubarak. Zapatero y Peres se han apresurado a declarar que apoyan “la ola democratizadora que recorre el mundo árabe”. ¿De verdad? A pocos días de su caída, dirigentes laboristas israelíes, compitiendo en cinismo con sus homólogos de extrema derecha, aconsejaban públicamente a Mubarak que no dudase en segar la vida de algunos cientos de egipcios más para acabar con la revuelta. Gracias a ella – y no a la voluntad de Israel – se está aflojando, desde la frontera con Egipto, el bloqueo inhumano que atenaza a la población de Gaza. Muy al contrario, los servicios secretos israelíes colaboran intensamente con las monarquías del Golfo, temen su caída, azuzan a favor de la guerra contra Irán…

Peres tampoco ha venido solo. Se ha traído a toda una delegación dispuesta a “estrechar los vínculos comerciales” y la “cooperación” entre el Reino de España e Israel. Semejante visita supone un verdadero insulto al pueblo sojuzgado de Palestina. Sus derechos, tantas veces invocados como traicionados por los regímenes árabes que hoy caen o se tambalean, son inseparables de los anhelos de los pueblos que se han puesto en movimiento. Mejor que cualquier discurso, esa lucha revela la catadura de nuestros gobiernos, de derecha o de centroizquierda, y de las multinacionales que les dictan su política: la exterior, la de la colaboración con las dictaduras más odiosas, como la interior, la de la austeridad y los recortes sociales.

Nuestros aliados están ahí fuera. ¡Abajo Gadafi! ¡Salud a la revolución Libia! ¡Boicot, desinversión y sanciones contra Israel! Es hora de que la izquierda social y política se movilice y haga entender a la ciudadanía hasta qué punto nos concierne el vendaval emancipador que empieza a levantarse.

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